
REDACCIÓN TEHUACÁN
Iremos haciendo algunas entregas con citas textuales en las que Romero se refiere a Mons. Aparicio en su Diario:
Iremos haciendo algunas entregas con citas textuales en las que Romero se refiere a Mons. Aparicio en su Diario:
Año 1978
Miércoles, 5 de abril
Mons. Aparicio aprovechó esa ocasión[1] para decir que lo que yo defendía en los sacerdotes contra el Nuncio era lo mismo que yo estaba haciendo con las diócesis de El Salvador, que mi predicación era violenta, subversiva, que estaba dividiendo al Clero y a las diócesis, que los sacerdotes ya miraban más hacia la Arquidiócesis que sus propios obispos. Y no recuerdo cuántas acusaciones más a las que adhirieron mis hermanos Mons. Barrera, que también llamó violenta a mi predicación; Mons. Álvarez que aprovechó para desahogar su inconformidad conmigo y lo más extraño, Mons. Revelo, nombrado recientemente mi auxiliar, también aprovechó para decir su inconformidad con mi línea...
Martes, 11 de abril
Por la tarde, representantes de la directiva de la Conferencia de Colegios Católicos, me visitaron para informarme de la junta que tuvieron el sábado recién pasado, convocados por el Señor Obispo Presidente de la Comisión de Educación, Mons. Aparicio, el cual, según ellas, llevaba intenciones de quitar la actual directiva y de llamar la atención por la carta que la directiva de la Federación dirigió al Sr. Nuncio en el mismo sentido de la carta de los sacerdotes que piden al Sr. Nuncio una actitud más evangélica. Parece que la sesión fue muy tormentosa contra Mons. Aparicio, a quien se le hicieron reclamos muy serios de su actitud poco pastoral. Entre estas actitudes está la suspensión de diez sacerdotes por haber firmado la carta contra el Nuncio, suspensión que ha tomado mucho revuelo en todo el país, principalmente en la Diócesis de San Vicente.
Uno de las cuestiones que en la memoria histórica de la diócesis de San Vicente no está clara es esta suspensión de estos diez sacerdotes, de los que habla Romero en su Diario. Para un profano, que no se mueva en ambientes internos al clero vicentino, es difícil entender que diez sacerdotes hayan sido suspendidos por el mismo delito y en el mismo grado de gravedad, es muy improbable. Por otra parte, tendría que haberse publicado un documento escrito, ¿existe o no este documento? ¿De qué se les acusó? ¿Qué tipo de pena canónica se les aplicó?
Algunos de esos sacerdotes están vivos, unos fueron militantes de la ex-guerrilla, otros como el padre Ramiro Valladares (difunto) supimos que se mantuvieron en el ministerio y de muy buena manera.
Sacerdotes más jóvenes nos cuentan del desorden canónico de la curia de esa diócesis: prohibiciones hechas por teléfono, y no en modo escrito o personal; a algunos sacerdotes los han suspendido sin ni siquiera hacerles un proceso canónico en el que se pudieran defender. Parece que el ejercicio del derecho no ha sido una fortaleza en la diócesis de San Vicente, siempre se ha dado prioridad a la represión, “al garrote” como se suele decir. Pero, en todo caso, es el mismo clero que tiene la palabra, si ellos no se pronuncian, por algún motivo será, motivo que talvez nunca conocerá la opinión pública.
Miércoles, 5 de abril
Mons. Aparicio aprovechó esa ocasión[1] para decir que lo que yo defendía en los sacerdotes contra el Nuncio era lo mismo que yo estaba haciendo con las diócesis de El Salvador, que mi predicación era violenta, subversiva, que estaba dividiendo al Clero y a las diócesis, que los sacerdotes ya miraban más hacia la Arquidiócesis que sus propios obispos. Y no recuerdo cuántas acusaciones más a las que adhirieron mis hermanos Mons. Barrera, que también llamó violenta a mi predicación; Mons. Álvarez que aprovechó para desahogar su inconformidad conmigo y lo más extraño, Mons. Revelo, nombrado recientemente mi auxiliar, también aprovechó para decir su inconformidad con mi línea...
Martes, 11 de abril
Por la tarde, representantes de la directiva de la Conferencia de Colegios Católicos, me visitaron para informarme de la junta que tuvieron el sábado recién pasado, convocados por el Señor Obispo Presidente de la Comisión de Educación, Mons. Aparicio, el cual, según ellas, llevaba intenciones de quitar la actual directiva y de llamar la atención por la carta que la directiva de la Federación dirigió al Sr. Nuncio en el mismo sentido de la carta de los sacerdotes que piden al Sr. Nuncio una actitud más evangélica. Parece que la sesión fue muy tormentosa contra Mons. Aparicio, a quien se le hicieron reclamos muy serios de su actitud poco pastoral. Entre estas actitudes está la suspensión de diez sacerdotes por haber firmado la carta contra el Nuncio, suspensión que ha tomado mucho revuelo en todo el país, principalmente en la Diócesis de San Vicente.
Uno de las cuestiones que en la memoria histórica de la diócesis de San Vicente no está clara es esta suspensión de estos diez sacerdotes, de los que habla Romero en su Diario. Para un profano, que no se mueva en ambientes internos al clero vicentino, es difícil entender que diez sacerdotes hayan sido suspendidos por el mismo delito y en el mismo grado de gravedad, es muy improbable. Por otra parte, tendría que haberse publicado un documento escrito, ¿existe o no este documento? ¿De qué se les acusó? ¿Qué tipo de pena canónica se les aplicó?
Algunos de esos sacerdotes están vivos, unos fueron militantes de la ex-guerrilla, otros como el padre Ramiro Valladares (difunto) supimos que se mantuvieron en el ministerio y de muy buena manera.
Sacerdotes más jóvenes nos cuentan del desorden canónico de la curia de esa diócesis: prohibiciones hechas por teléfono, y no en modo escrito o personal; a algunos sacerdotes los han suspendido sin ni siquiera hacerles un proceso canónico en el que se pudieran defender. Parece que el ejercicio del derecho no ha sido una fortaleza en la diócesis de San Vicente, siempre se ha dado prioridad a la represión, “al garrote” como se suele decir. Pero, en todo caso, es el mismo clero que tiene la palabra, si ellos no se pronuncian, por algún motivo será, motivo que talvez nunca conocerá la opinión pública.
Aquí emergen dos cosas: por una parte, el episcopado salvadoreño era un reflejo de la polarización de la guerra civil recién pasado (1980-1992) y, siendo una institución cristiana, tenían y tienen la obligación de reconciliarse ellos y al país, y la vía no es precisamente ese espectáculo de “circo” que mantienen desde finales de los años 70, compitiendo por ver quién agrada más al político de turno. En segundo lugar, emerge que una clave de lectura para entender las posciones históricas al interno de la Conferencia Episcopal de El Salvador es atenerse al debate Romero-Aparicio.
[1] La ocasión era la discusión episcopal a causa de una carta redactada por clero salvadoreño, firmada por ellos y por diversas organizaciones católicas, protestanto por el modo de actuar, politizado y poco evangélico, del nuncio Mons. Gerada. Una parte del episcopado salvadoreño defendían al nuncio, entre ellos: Mons. Aparicio, presidente de la Conferencia Episcopal; Mons. Barrera, obispo de Santa Ana; Mons. Álvarez, obispo de San Miguel y Mons. Revelo, Auxiliar de San Salvador. Este grupo de obispos quería hacer un comunicado, que de hecho publicaron, condenando este grupo de sacerdotes, Romero pedía que primero se dialogara con ellos.
[La edición del Diario de Romero utilizada es: O. A. ROMERO, Su Diario, Arzobispado de San Salvador, San Salvador 2000].

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