
Alberto MASFERRER, de su escrito "Helios", en Obras Escogidas, vol. 1, Editorrial Universitaria, San Salvador 1971, pp. 292-293 (Selección y Prólogo de la Dra. Matilde Elena López).
El hombre posee esta facultad negativa y triste de profanar, de rebajar, de vulgarizar y anular todas las cosas que ve y toca y escucha, y todavía más aquellas de que habla. Por algo, en ciertas antiguas religiones, el nombre de Dios, el verdadero y secreto nombre de Dios, era prohibido a los profanos, y sólo era conocido del Sumo Sacerdote, quien lo pronunciaba, temblando, una vez cada año.
Hombre, tu oficio es profanar; la profanación exuma de todo tu sér; lo que ves, se convierte en ceniza, y lo que tocas, en escoria. Desde que se pasa la niñez, se entra en la edad de la profanación. ¡Bienaventurado el niño porque admira! ¡Bienaventurado el poeta, porque se maravilla! ¡Bienaventurado el santo porque adora! ¡Bienaventurado el que nace de nuevo y se hace niño, y aprende otra vez a sentir la divinidad de todas las cosas! Y triste mil veces el razonador implacable, el analista helado, el discutidor ingenioso, para quien el Universo es todo nombres, y las cosas, cajas vacías rotuladas con etiquetas fúnebres. ¡Oh desventura, hombre, que hayas descendido de tu risueña actitud de niño, de rodillas ante el Arco-Iris, a tu empaque de sabio, erecto sobre una cátedra como un loro sobre su percha, y que las rosas de tu imaginación se hayan trocado en datos y definiciones!...

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