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"La muerte es la inventora de Dios", solía decir Saramago.
Con su muerte, el Premio Nobel entra en otra dimensión, una dimensión que podría -como en Caín, su última novela- permitirle plantear directamente sus preguntas existenciales a Dios. En Caín, Saramago prácticamente se identifica con su personaje principal; en una discusión con Dios se lee:
Caín: —…maté a abel porque no podía matarte a ti, pero en mi intención estás muerto.
Dios: —Comprendo lo que quieres decir, pero la muerte está vedada a los dioses.
Caín: —Sí, aunque deberían cargar con todos los crímenes cometidos en su nombre o por su causa.
Dios: —Dios es inocente, todo sería igual si no existiese.
Dios: —Comprendo lo que quieres decir, pero la muerte está vedada a los dioses.
Caín: —Sí, aunque deberían cargar con todos los crímenes cometidos en su nombre o por su causa.
Dios: —Dios es inocente, todo sería igual si no existiese.
El ateo y el teólogo saben que no hay cosa más difícil que “matar a un Dios”. En este caso Saramago se sitúa existencialmente: él quiere “matar a Dios” y le recrimina la muerte de las personas inocentes, que han provocado los conflictos entre las religiones.
Saramago atacó con fuerza la ideología de la religión, la que exalta el fenómeno religioso para justificar intereses bélicos y económicos.
Bien haríamos los salvadoreños en preguntarnos si muchas expresiones de la religión católica y evangélica -en modo particular las formas sentimentalistas y fatalistas- no son simplemente la justificación de intereses materiales y políticos.
Si así fuera, entonces el ateísmo -en este caso y aunque suene paradójico- resultaría ser "más creíble" . Si la religión es una simple ideología reproductora de ídolos -del poder, del dolor, de la mentira- entonces, en esos "dioses" no hay que creer.

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