
A los pies del gigante de dos chiches, que custodia y de vez en cuanto castiga a la ciudad, se hiergue victoriosa -casi "fálica", como preferiría G. Boccaccio- la torre de San Vicente. Ver terminada su restauración produce una especie descanso psicológico en la población vicentina.
Bendecida por sacerdotes y obispos, tomados de la mano, los heraldos de la cruz y los eternos parásitos -bandera tricolor en mano-, caminaron en solemne cortejo. El pueblo, es decir, las mentes comunes, celebraron el hecho, esto incluye naturalmente a "Juan Petaca" y al negro "Siete Cabezas", el ilustre difunto que otrora le puso la bandera a la torre. No te jalés los pelos negrito caribeño, ni tenés pelos que jalarte, ni tenés motivos para ello, además ya estás muerto. ¡Cabal, como la cultura en San Vicente!